El pensar originario del hombre no podrá, pues, ser encerrado nunca en ningún sistema, y tampoco en sus formas "débiles" actuales, que convierten el relativismo y el agnosticismo en nuevos "sistemas", que paralizan el movimiento de la razón y la libertad de la conciencia humana.
En efecto, "el deseo de conocer es tan grande y supone tal dinamismo que el corazón del hombre, incluso desde la experiencia de su límite insuperable, suspira hacia la infinita riqueza que está más allá", hacia "la respuesta satisfactoria para cada pregunta no resuelta.
El conocimiento humano se abre así al misterio, en una búsqueda que no se detiene, y que no puede basarse en el "orgullo" de quien piensa que todo está llamado a caer en el propio poder. Pues, al contrario, el camino de la razón, partiendo de la experiencia natural del mundo, lleva a reconocer la existencia de Aquel que es Principio y Fin de todas las cosas, pero precisamente como Aquel cuya Verdad es más grande que las fuerzas de la razón humana, que no alcanza a conocerlo tal como es.
Así, en su momento de mayor grandeza, la razón llega a reconocer que hay una realidad que la sobrepasa[23], que la verdad que ha alcanzado no es el todo, no se identifica con el Absoluto, no puede ser considerada suficiente para explicar la verdad del hombre y del mundo sin cometer un grave error y una injusticia. En palabras de Sto. Tomás: "conocemos a Dios tanto más perfectamente en esta vida, cuanto más entendemos que Él excede la comprensión de nuestra inteligencia".
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